miércoles, 3 de agosto de 2011

Mi biblioteca perfecta

Un saco de huesos (Bag of bones, 1998, Stephen King, Ed. Plaza y Janes) Novela-ficción: Fue la primera novela que me hizo seguidor de las obras del genial Stephen King, nacido en Portland, Maine, Estados Unidos, el 21 de septiembre de 1947. Con más de 30 premios literarios, King, maestro absoluto del terror, como se lo denomina comúnmente, nos regala una historia de amor donde ni siquiera la muerte es capaz de separar a los amantes. Galardonada en 1999 por la crítica como la mejor novela, Un saco de huesos habla del dolor de una pérdida y la esperanza que genera un nuevo amor. De las relaciones personales y los sentimientos. Con tintes sobrenaturales que denotan un pasado oscuro, King logra atrapar a partir de la sensibilidad del lector con una obra sentida y escalofriante. Para leer de noche, con una manta hasta al cuello en estos días de frío.

 Me gusta el fútbol (2002, Sergi Pàmies López, Ed. RBA Libros) Literatura deportiva: Es una radiografía del deporte, en especial el fútbol, en su máxima expresión. Caminando las largas filas de mesadas de una librería de la calle Corrientes, divisé a lo lejos la imagen del holandés Johan Cruyff  ilustrando la portada de un libro. Presuroso lo tomé sin pensarlo y le pagué al cajero la módica suma de veinte pesos sin saber de qué se trataba. Y me topé con una obra indispensable para todo aquel que goza al fútbol como lo hacía Cruyff, pelota al piso, cabeza levantada. Genio y figura. El libro consta de 19 capítulos en los que Pàmies, narrador español, recopila una extensa charla con Cruyff y enhebra diversos puntos que traslucen la ideología y los pensamientos innegociables de uno de los mejores jugadores de fútbol de todos los tiempos. Alguna vez, Pàmies  comentó al pasar que discutir con Cruyff  “ha sido como estar con Picasso y hablar de pintura”. Es que no se puede ser objetivo cuando se habla de un grande.

La última lección (The last lecture, 2008, Randy Pausch con Jeffrey Zaslow, Ed. Sudamericana) Autoayuda-Biográfica: El facilismo de citar la contratapa de esta última lección es suficiente para enmarcar un sueño, una obligación: Muchos profesores en Estados Unidos dan clases tituladas La última lección. En éstas, se les pide que visualicen su muerte y reflexionen sobre lo que es más importante para ellos.
            A Randy Pausch, profesor en la Universidad Carnegie Mellon, se le pidió que diera su última lección. Él no necesitó imaginar nada, pues le acababan de diagnosticar diez tumores en el hígado. Su lección era sobre la importancia de superar obstáculos y aprovechar cada momento: era acerca de vivir.
Pausch en toda su dimensión, retazos de su grandeza:
·        Si pudiera dar sólo tres palabras como consejo, diría, "decir la verdad." Si me dieran tres palabras más, yo añadiría, "Todo el tiempo".
·        Cuando las personas le hagan sugerencias, valorarlas y tratar de llevarlas a la práctica.
·        Una buena disculpa tiene tres partes: "los siento"... "fue mi culpa"... Y "¿cómo lo puedo hacer correctamente?"
·         Las madres son las personas que te aman aún cuando le jalas el cabello.
·        Hay que mantener vivos los sueños infantiles.
·        No podemos cambiar las cartas que nos han dado, sólo decidir cómo jugar con ellas. Voy a disfrutar al máximo cada día, y voy a jugar con mis chicos hasta que ya no pueda hacerlo.

jueves, 14 de julio de 2011

Amores de pelota

Los días transcurrían para Homero, que lamentaba desde lo más profundo de su ser que el desenlace no fuera otro. Lo sabía a ciencia cierta y le dolía la cabeza de tan sólo pensarlo, aunque ya las migrañas lo visitaban cada vez menos, también sabía que su historia era un ejemplo para los que quisieran escucharla.
Llegó una tarde más temprano que otras tardes al Club y agitado y sin sacarse el sobretodo invitó a los que pasaban por allí una ronda del mejor café de todo el barrio. Apoyó las manos en el respaldo de la primera silla que encontró en su camino y, justo cuando su voz comenzaba a quebrarse, les contó a sus amigos y no tan amigos que el fútbol lo había dejado.
            “Fue después del partido con Platense en que me di cuenta que se había ido”, comentó de a poquito Homero, mientras los chicos y los grandes y los más grandes escuchaban incrédulos su confesión. Cuando terminó el partido y sus compañeros comenzaron a abrazarlo y a palmearle la espalda, Homero sintió que estaba solo y miró hacia los costados de la cancha y más allá del arco para ver si el fútbol se había ido con el equipo visitante. Parecía que la pelota, que lo había acompañado siempre y nunca le había sido infiel, se iba despidiendo de a poco. Le llenó esa tarde la garganta de gol y le permitió por un día ser el protagonista de la fecha, demostrándole así su amor incondicional.
            Los entrenamientos ya no eran lo que eran para Homero. Y aunque todavía creía que era el mejor wing izquierdo del mundo su cuerpo no le respondía como antes. No necesitó de doctores para saber que el reloj biológico comenzaba a marcar las últimas horas de su carrera como futbolista profesional.
            “Les juro que volví a todas las canchas de mi vida y busqué en los rincones de cada vestuario por los que desfilé. Pasé dos inviernos y tres veranos sentado en las esquinas desde donde ejecuté miles de córners y hasta esperé ansioso en el círculo central para saber en qué me había equivocado. Recorrí las redacciones de los diarios y revistas que visité para ver si estaba, para que me dé otra oportunidad, pero no, el fútbol me había dejado, se había ido definitivamente”, sentenció más tranquilo Homero, saboreando despacio un café más ante los oídos firmes que llenaban el lugar.
            Por algún tiempo, Homero intentó aferrarse a los recuerdos, se acordó del primer caño que tiró en los potreros de su barrio a un flaquito más grande que él y de un gol muy lindo a la vuelta de su casa que lo hizo sentirse importante. Les contó con los ojos llenos de fútbol lo que sintió un viernes por la noche cuando se vistió por primera vez de futbolista y que las veces que la gente salió del estadio coreando su nombre eran momentos inigualables. Homero se acomodó en la silla y con un movimiento de manos reveló sin temor a la burla: “Es que nos enamoramos enseguida con la pelota. Fue amor a primera vista”. 
            Homero le dio un descanso por un rato a la memoria para atacar nuevamente con sus anécdotas de juventud, aunque ahora no era tan viejo para los viejos más viejos del Club, cerró los ojos y paseo una vez más por las canchas de España, Italia, Francia y Dinamarca, pero sabía tan bien como sabía que el fútbol es un juego y no un drama, que un día se cansó de los negociados que invadían esa intimidad tan suya que gozaba con la pelota y pegó la vuelta para demostrarle con su transparente experiencia, que los jugadores no son sólo Dioses venerados en sus inmensos templos, sino simples y vulnerables seres humanos. Como él, que después de gritar gol con la camiseta de todos sus días, sintió que estaba solo. Al final, se dio cuenta que, a pesar que sean buenos, los recuerdos son un parche que no nos dejan ver más allá de lo qué queremos ver.
-Mira que probó por otros lados. -comentó por lo bajo un colorado con una barba de tres días.
-Tenis, pelota a paleta, golf, ping-pong. Nada. -asintió un mozo con un leve movimiento de cabeza y gesto adusto.   
-Es que la pelota era parte de su vida, era única, ¿me entiende? Como el primer beso que nunca se olvida. -aseguró al pasar una señora muy elegante que lo miraba con otros ojos.
Y en ese preciso momento el silencio se adueñó de la sala.
Homero arrimó el pocillo de café a sus labios y después de un sorbo largo, estiró la espalda, se levantó y atrapó con las manos una pelota desgastada con la que dos chicos transpiraban de a ratos. La miró sin pestañar y la acarició por todos lados. Luego la dejó caer y con un sutil toque de zurda se la devolvió a sus dueños, que tenían anhelos, como los que él tuvo alguna vez. Es que Homero vivía y entendía al fútbol como ninguno.
Justo cuando la voz de Julio Sosa comenzó a hacerle un mimo a los sentidos desde el tenue sonido de una radio, que revelaba el paso del tiempo, un desconocido invitó a Homero a jugar un partido de pelota a paleta. Homero miró su reloj y agradeció el gesto, hizo unos pasos, se calzó el sobretodo y se sinceró gustoso: “Es que estoy apurado muchachos, en una hora tengo una cita con el fútbol, mi pibe debuta en la reserva con la camiseta de Ferro”.   
       

martes, 28 de junio de 2011

Del amanecer al ocaso

A partir de que el fútbol se transformó en un negocio, la belleza en las canchas se fue desvaneciendo. El juego como tal es una triste postal del recuerdo; desvirtuado y preso de un sistema  inescrupuloso, cada vez está más instalado en el imaginario colectivo, y que condena al virtuosismo, al habilidoso.
Después de ver por televisión  los partidos entre River y Belgrano, de Córdoba, me invadieron una mezcla de sensaciones, aunque ninguna relacionada con la alegría. Si bien podría escribir sobre el juego, que es el núcleo de la asunto, opté por tomar el camino más largo, el más sinuoso, porque en mi cabeza abundan un montón de cuestiones que están pura y exclusivamente relacionadas con el pensamiento del ser humano.
Ahora bien, con el dolor a flor de piel los hinchas y no tan hinchas se miran a las caras y no pueden creer como un club de la jerarquía de River llegó a un vaciamiento institucional y deportivo, que culminó con el descenso a la segunda categoría del fútbol argentino. Y aquí me detengo para enumerar tres puntos que, a mi entender, son claves para explicar este fenómeno que, salvo excepciones, no excluye a ningún club deportivo:
· El negocio como eje principal: es que el dinero todo lo corrompe.
Como antaño, los socios dejaron de ser dueños de los clubes que se convirtieron en sociedades anónimas. Empresarios hábiles para el manejo de los números en pos de sus propios bolsillos. Balances mentirosos y cuentas secretas en el extranjero con el único fin de generar dinero y más dinero. La aparición de las barras bravas, su aceptación encubierta y su rol fundamental en la vida de un club. Un fútbol-negocio que cada vez tiene más protagonistas y menos espectadores.
· Pan y circo para los débiles: la politización del fútbol como un arma
que es utilizada para desviar la mirada de la gente de los verdaderos problemas. Aunque hemos llegado a un nivel de autodestrucción en el que nuestro único problema pasa por saber si ganamos o perdemos el domingo.
· La ausencia de ejemplos: de espejos en donde mirarnos. Cada vez son
menos y nos cuesta encontrarlos. A caso la soberbia, mala compañía, no nos deja ver más allá de nuestra propia conveniencia. Es que a veces está bueno pedir ayuda. Es un signo de grandeza, de crecimiento.
           
            En consecuencia, la alegría de poder ver una gambeta, una rabona o un caño quedó en segundo plano. Dar el todo por el todo y llegar al resultado como sea, sin importar los medios es superlativo. Es que desde hace rato está instalada la idea del que no gana no sirve. Y la vorágine con que se vive se ve trasladada al deporte sin importar los efectos colaterales. Por eso los últimos tiempos nos llenamos la boca hablando de arreglos y corrupción como si estuviera bien. Es que nosotros también tenemos parte de la culpa, palabra que está tan de moda por estos días, al darle trascendencia. Porque no digo que no existan los pactos que se firman por debajo de la mesa, pero tendríamos que darle más importancia al juego, que también es limpio.
            La imagen de esas tres personas entrando a la cancha y agrediendo a Román y Arano y prepoteando a Almeyda es terrible, lamentable y triste, muy triste. ¿A caso se creen que tienen derecho? Porque ni el peor desaire justifica un hecho violento. Claro, es que la ira y el enojo anulan toda capacidad de pensamiento. En el cerebro se producen bloqueos emocionales que no nos permiten obrar con comprensión, ni analizar la situación más allá del ahora.
            Ahora bien, está claro que es un momento muy triste y doloroso para todos los hinchas. Para algunos más y para otros menos. Muchos generalizan las culpas en Passarella, Juan José López y los jugadores, chivos expiatorios que pagan los platos rotos por ser los últimos que escribieron una página más en la extensa historia de River, que de ninguna manera se puso en juego. Pero hoy endilgar culpas es algo muy superficial y a la larga se van a dar cuenta que no fueron los únicos responsables.
            El descenso de un equipo no es una tragedia, ni algo grave, ya que está dentro de las posibilidades si se hacen las cosas como no es debido. Lo que queda es tratar de enderezar el rumbo a partir de una sincera autocrítica. Aprender de los errores y copiar los buenos ejemplos para crecer y ser mejor. Quizás sería bueno que algunos dirigentes levanten el tubo del teléfono y llamen a los Vigil, a los Magnano, a los Loffreda, a los Vélez, Lanús y Estudiantes, y les pregunten cómo se hace para hacer las cosas bien con poco y alcanzar tanta gloria.

martes, 7 de junio de 2011

Se juega como se vive

Pensador como pocos, el Gordo siempre era un habitué de las discusiones -a veces un tanto subidas de tono- que se repetían a toda hora en el salón del fondo. Un punto mal tanteado, una vuelta reiterada o un tanto dudoso, por lo general, eran las mechas que encendían la furia de los más inseguros.
         El Gordo decía y repetía a rajatabla que “en la cancha se juega como se vive”. Y a muy pesar de todos se ufanaba de ser el creador de la frase en cuestión. Gladiador de mil batallas -siempre fuera del rectángulo- el Gordo era un buen observador de las realidades que acontecían cada tarde en el salón del fondo. Se acomodaba siempre entre el uno y el uno y medio y parado frente a la reja despintada estudiaba los movimientos de futuros adversarios y, dicho sea de paso, ponía en práctica la famosa teoría del comportamiento que le enseñaron en el curso de psicología por correspondencia que había comenzado en febrero. Es que ni para eso se movía el Gordo. Buby siempre decía que para ir a buscar las dos paredes parecía una babosa en cámara lenta.
--Te digo que se juega como se vive, Toto --el Gordo apuró la conclusión avizorando al Vasco Olaizola, que entraba a la cancha con aires de grandeza--. Fijate en el Vasquito. 24 horas arriba de un taxi para después venir a practicar el deporte que más le gusta. El deporte que le enseñó su querido viejo. Y ahí lo tenés, dos, tres… hasta cuatro paletas lo vi romper en un solo día. Como si ellas fueran las culpables de nuestros errores. 
         --Y Miralo al Tano Peucelle, Toto. Dotado de un don del que ni el mismísimo Utge gozaba. La misma puntería que tiene para embocar un tambur tronco desde el cinco y con el culo en la pared la tiene para romper las luces de la cancha cada vez que el delantero pierde un tanto. Los conté, Toto, ya van 35 focos que el canchero cambia en el mes. Así no hay presupuesto que alcance.
         Tiempos duros inundaban los pasillos del club por aquellos días. Pero para el Gordo, que vivía a la pelota a paleta como ninguno, la estatización de las jubilaciones, los hermosos pisos a estrenar en la Villa 31 o, sin ir más lejos, el impacto de la crisis financiera global; simplemente eran temas que no lo desvelaban como el fiel sonido de la negrita en la reja después de una dos paredes bien tirada.
         Sin embargo, el apellido más reiterado por las voces que acudían fervorosas de martes a sábado en el salón del fondo era el del Mudo Perezlindo.  Ese si que se había sacado la grande con el Gordo. El Mudo, oriundo de Monte Caseros, pero ya desde hace varios años asentado en la Capital, fue desde siempre el fiel ejemplo que el Gordo utilizaba en repetidas oportunidades para remarcar su teoría ante quiénes aparecían de otros barrios a refutar sus pensamientos.
         --Te digo que se juega como se vive, Toto --el Gordo levantó el cogote y haciendo un ademán cortito sugirió a su amigo, que a esta altura ya tenía la cancha para hacer partido, que mirara por encima de su hombro derecho--. A cinco asientos tuyos tenés al tipo que demuestra a la perfección lo que yo te digo.
         --Dale, Gordo, apurá la máquina, que parece un milagro pero al Vasco le faltan siete para los 25 y todavía no hice partido --se percató el Toto.
         --Es profesional el hombre. Abogado de ley. Tan distinguido que hasta las cucarachas se hacen a un lado para dejarlo pasar. Siempre peinado a la gomina y con ese fino bigotito bien afeitado que le subraya con delicadeza su prominente nariz. Traje de Armani y tinbos a tono. La perfección personificada, Toto… un gentleman. Ahora bien, esa misma persona que cuando llega al club deja su portafolio de cuero, se pide una lágrima en jarrito e invita un café a toda la reja, dentro de la cancha es la negación total de la paleta. Con qué libertad se despacha insultado gratuitamente a cada compañero que hasta a los de afuera les da vergüenza. Es que se juega como se vive, Toto, y no existe motivo alguno que justifique un insulto. --El Toto le echó una sonrisa cómplice, se levantó e invito a su a amigo a jugar a la paleta.    
Para cerrar la cuestión el Gordo tomó un sorbo de un cortado tibio, pero gustoso, y bolsito en mano dejó picando entre las baldosas descoloridas del salón del fondo una verdad tan añeja como el mejor vino: “El talento se educa en la calma y el carácter en la tempestad”.  
Siempre tranquilo, con esa mirada ausente y un impulso casi autoritario para remarcar cada situación con un movimiento de manos que rozaban lo cómico, el Gordo se dejaba querer. En una sociedad violenta urgida de soluciones, con muchas más preguntas que respuestas, y en un mundo lleno de caretas, el Gordo caminaba las canchas y terminaba su día en el salón del fondo regalándole a sus amigos y no tan amigos su especial mirada de la realidad.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Revés sin aire

El bar de los sábados ya no será el mismo. No porque haya desaparecido como suelen desaparecer las cosas en los relatos del genial Stephen King, sino porque su alma había muerto. El bar de los sábados, como suelen llamarlo Buby, Macana, el gordo y el Toto, permanecía en su sitio. Y quizás algún ex presidente nunca se imaginaría que, tiempo después y en la Argentina, su nombre sería la puerta de bienvenida hacia salón del fondo, allí  donde el ser humano entrega sin pudores día por medio su espíritu querible y sus miserias más profundas. Las dos caras de la moneda se hacen visibles en cada previa, en cada partido, y en cada punto. El bar de los sábados ya no será el mismo. Ese que da la bienvenida hacia salón del fondo.
Los días pasan y el bar de los sábados se va muriendo cada vez un poquito más. Desgastado como un amor intrascendente. Sólo cuerpos laxos que intentan sobrevivir al furor diario de sus obligaciones. Sólo cuerpos laxos que intentan evadir el silencio de las obligaciones. Abrazado por dos paralelas singulares se encuentra el salón del fondo, como suelen llamarlo Tito, Rafael, Visera y Noble cada vez que se telefonean para asistir sin peros y con apuro a revalidar ante sus compañeros su condición de campeones del mundo, aunque todos y ninguno más que ellos saben que no lo son. No lo serán nunca.
El salón del fondo reúne a la gente aún más que el bar de los sábados. Cantidad que alguna vez se vio infinita y que hoy prorrumpe a gritos su necesidad de calor. Su ausencia se siente todavía más entre junio y septiembre. Esos meses en que los días son más cortos y las noches más largas. Ahí el salón del fondo pierde todas sus fuerzas, sus ganas de vivir. Y ni hablar del grupo de los cinco. Aunque alguna vez fueron ocho o nueve… o quizás diez, en realidad no importa. El grupo de los cinco se junta a tomar café, a jugar al dominó
--cuando sus deterioradas articulaciones se lo permiten-- y a eludir al tiempo discutiendo si Palermo le había pegado al arco o había tirado un centro. Sin embargo, también necesitan calor, quizás más, al igual que el bar de los sábados y el salón del fondo.
         Cajita de sorpresas, el salón del fondo aglutina estilos, categorías y sentimientos dispares. Todos se agrupan de lunes a sábados para dirimir sus diferencias y enaltecer sus emociones encerradas. Las paredes del salón del fondo están pintadas de un tiznado negruzco y desigual. Más la pared de la derecha, regla básica si las hay. Los botes incluso se relacionan con el desequilibrio y es aún más interesante observar como su herramientas de trabajo --para muchos el arma más leal-- se transforma en un espejo que refleja sus debilidades. No importa cuanto hayan gastado. No importa cada centímetro de confianza que hayan depositado. No importa ese toque elemental adquirido. Siempre van a ser las receptoras de sus debilidades. Hasta que digan basta.
         Las condiciones varían en el salón del fondo. Está el zurdito que nunca aprendió a pegarle con la derecha y el derecho que nunca se animó a pegarle con zurda. El principiante que tiene que hacer banco y esperar que un amigo lo acompañe y el talentoso al que lo llevan siempre, aunque vaya de revés sin aire. También está el langa que juega cualquier partido --por más que después pierda por diez tantos-- y el astuto que elige siempre al mejor para defender su postura. O el mejor que siempre juega con el principiante que hace banco porque quien dice ser su amigo no lo lleva. Quizás podamos toparnos con el gordito al que le dan dos piques. Esa parejita imbatible a la que todos le quieren ganar y esa parejita de nabos a la que todos le quieren robar. Las condiciones varían en el salón del fondo. Falta calor en el bar de los sábados.
         La foquita no quiere creerlo. Buby, Macana, el gordo y el Toto no se dejan imaginarlo. Tito, Rafael, Visera y Noble mantienen la calma que no demuestran en la cancha. Y el grupo de los cinco que alguna vez fueron ocho, nueve o diez ahora son apenas tres. Muchos le vaticinan poco tiempo de vida. Muchos a contramano de lo que la realidad impone le auguran un futuro prometedor. A pesar que no se den cuenta sus protagonistas se mimetizan con el color de las paredes. Y sienten que no pueden hacer nada. Ese chico que le pegaba a la pelotita saltarina de revés sin aire nunca se imaginó lo que vendría. El bar de los sábados ya no será el mismo. Ese que da la bienvenida hacia el salón del fondo. ¿Alguna vez lo fue? ¿Acaso alguna vez sintió ese calor que ahora reclama a gritos? Nunca lo sabremos. Quizás ellos lo considerarán.

lunes, 27 de diciembre de 2010

¡Che, fulbo!

¡¿Qué es el fulbo?!,
apremiante es mi pregunta.
Fácil para muchos,
difícil para otros
y simple como en su esencia
pero para unos pocos.
Un juego, un estilo de vida
un trabajo, un espectáculo
un deporte y un negocio.
Presos de sus ilusiones,
encontraron una salida
y no por eso hay que condenarlos,
generador de una identidad colectiva.
Complejo en su razón de ser,
adorados veintidós dioses
reunidos cada cuatro años
sin basilar en sus inmensos templos.
Nada cambia,
todo llega
y nada deja.
Con el cuchillo entre los dientes
y con la voraz sed del orgullo.
Veintidós guerreros
salen domingo a domingo a la batalla
y un centenar de ilícitos
dan rienda suelta a su oficio.
De traje y corbata se presentan,
con signos de nobleza,
ideas nuevas y generosos bolsillos
e ideologías impuestas.
Decadentes estrategias
se comentan a diario
y dueños de la globa
vanagloria jactancia de la vida.
Impunidad, violencia y corrupción.
Gambetas, pases cortos y picardía de potrero.
Espejo del mundo,
eso sí,
en exportaciones juveniles.
Nada cambia,
todo llega
y nada deja.
Con el cuchillo entre los dientes
y con la voraz sed del orgullo.
Idiosincrasia argentina,
de una desesperanza extrema,
responsables ausentes
abultan sus cuentas
en pos del pecado
y de una ideología impuesta.
Este es el fulbo argentino
y por mal que nos pese,
siempre habrá una puerta abierta
y la ilusión permanente,
de continuar en la lucha
de unos pocos luchadores.
Ojala me equivoque
y me lean algún día
en donde esto parezca una increíble utopía
de mí querida Argentina.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

La meta es superarse

     “Solamente podremos progresar si nos aseguramos de que los deportistas estén en el centro de todo lo que hacemos”. Las palabras del inglés Philip Craven, discapacitado motriz y presidente del IPC (Comité Paralímpico Internacional) son sentidas. Y vaya si lo son.
     Patologías congénitas, enfermedades, discapacidades físicas, amputados… según Alejandro Maldonado, quien nació con una enfermedad congénita, “ningún tipo de discapacidad constituye un impedimento para alcanzar lo que uno quiere. No hay que pensar en otra cosa que no sea superarse”. Atletismo, esgrima, natación, tenis, canotaje, básquet… muchas son las actividades, aunque todas bajo objetivo claro: fomentar la rehabilitación como un medio de inserción social, estimulando sus capacidades y permitiendo incorporar la carencia a su organización física y mental.
     El fundador de una ilusión: a la hora de hablar sobre revolucionarios, sin lugar a dudas el nombre de Ludwig Guttman tiene un lugar de cabecera en el salón de la fama. Siempre al pie del cañón. Siempre del lado de la enseñanza.
     Guttman, alemán de nacimiento, escapó en 1936 de la cruel persecución nazi para continuar con su carrera de neurocirujano. El saldo de muertos y heridos que dejó el final de la Segunda Guerra Mundial fue desolador. En consecuencia, en 1944 el Gobierno de Inglaterra decidió crear un Centro para las lesiones medulares dentro del hospital de Stoke Mandeville. Y el elegido para dirigir dicha obra fue el doctor Ludwig Guttman.
     Poppa, como lo llamaban sus colegas y amigos, se dio cuenta que los discapacitados de guerra, como se los llamaba en aquella época, necesitaban un estímulo que los ayudara a sobrellevar todas las problemáticas que les depararían su indeseada condición. De esta manera, empezó a realizar las primeras experiencias deportivas sentado él mismo en una silla de ruedas. El tratamiento comenzó a dar un gran resultado en la rehabilitación de los pacientes tanto física como mentalmente. Al cabo de varias prácticas -siempre como entretenimiento- el cambio en las personas con problemas medulares fue notorio.
     En 1956, el COI (Comité Olímpico Internacional) reconoció el trabajo de Guttman, quien muere en 1980, otorgándole la Copa Fearnley, como representante de los valores sociales y humanos de los deportes sobre silla de ruedas. A su vez, Isabel, Reina de Inglaterra, lo nombró con el mítico mote de “Sir”.
     En la búsqueda de un sueño: el básquet sobre sillas de ruedas nació en Inglaterra, cuna de todos los deportes. Sin embargo, fue en Estados Unidos donde los Flying Wheels, un humilde equipo californiano -emulando a los míticos Harlem Globetrotters- comenzó a realizar giras por todos los condados. Durante su recorrido, la algarabía del público fue tal, que el interés por la disciplina fue cada vez en aumento. El lema fue: “Si los individuos en silla de ruedas podrían practicar el básquet con habilidad, destreza, coordinación e ímpetu, también podrían, bajo un buen entrenamiento, desempeñar correctamente un empleo”. El primer objetivo de los Wheels estaba cumplido.
     Rumbo a un futuro promisorio: Guttman había comenzado una revolución que, si contaba con el apoyo necesario, llegaría a formar parte de la elite del deporte mundial. En consecuencia, nacieron los juegos de Store Mandeville, que originalmente fueron creados para personas parapléjicas. En su primera presentación en Londres participaron 16 pacientes británicos heridos en la segunda guerra mundial.
     Previo paso por Estados Unidos, el auge generado por los juegos hace que en 1950 América se incorpore a dichas actividades. Cuatro años más tarde, con la participación de un conjunto de veteranos de guerra holandés, los juegos se transformaron en internacionales.
     En 1960, en plena disputa de los Juegos Olímpicos de Roma, Antonio Maglio, colega de Guttman y director del Centro de Lesionados medulares de Ostia, Italia, propuso ante el éxito rotundo de las competencias, el inicio de unos juegos similares inmediatamente después de los JJ.OO. Preso de una gran e innovadora iniciativa, en esa primera oportunidad Roma reunió cerca de 400 deportistas discapacitados de 23 países y, a partir de allí, las personas minusválidas gozan de un espectáculo cada cuatro años al igual que los Juegos Olímpicos.
     Una organización eficaz: si bien se fueron formando diferentes y muy diversas federaciones y organizaciones -siempre respetando una misma idea-, después de la muerte de Guttman, el doctor danés Jens Bromann fundó en 1982 la ICC (Internacional Coordinating Comité Sport for the Disabled), siendo el primer ente coordinador de las actividades y disciplinas de las federaciones y comités para discapacitados.
     Luego de siete años, el ICC fue reemplazado por el IPC (Comité Paralímpico Internacional), donde fue elegido como primer director el doctor canadiense Robert Steaward. Más allá de la basta capacidad e idoneidad en su desempeño, el apoyo, en aquel entonces, del español Juan Antonio Samaranch, presidente del COI (Comité Olímpico Internacional) fue fundamental para que todas las organizaciones se unieran. Entre sus funciones más importantes el IPC organiza y coordina los Juegos Paralímpicos, los Mundiales y los campeonatos regionales. Además, también trabaja en forma conjunta con el CPA (Comité Paralímpico Americano), presidido por el brasileño Andrew Parsons, que supervisa, entre otras competencias, a los Juegos Panamericanos.
     Argentina: en vías de desarrollo: el deporte nutre día a día las esperanzas e ilusiones de miles de atletas discapacitados, el básquet tomo la posta como una de las actividades que más se destacó y se destaca dentro del ámbito social. 
     El FADESIR (Federación Argentina de deportes sobre silla, 1969) cumple una tarea fundamental para saciar, al menos, las dificultades -en lo posible- e interrogantes de los atletas. No obstante, es importante subrayar que la actividad física y los deportes deben ser desarrollados como un medio de rehabilitación y participación social, y nunca como un fin en sí mismo.
     Sin embargo, a pesar de lo logros obtenidos a nivel Selección, los problemas económicos son una constante a la hora de realizar una adecuada planificación de trabajo. El costo de las sillas es cada vez mayor (las importadas son demasiado caras) además del mantenimiento que estas necesitan.
     Teniendo en cuenta que el deporte en la Argentina no es profesional como en otras partes del mundo, a pesar de que tiene un apoyo mediante una beca de la Secretaría de Deportes, se les hace imposible mantener a los jugadores. En consecuencia, es imposible conseguir un buen nivel de entrenamiento, mejores instalaciones, sillas en buen estado, pelotas, entre otros elementos.